Desde niña mi papá me inculcó el respeto y el amor por los animales.
Inculcó, probablemente, no es la palabra correcta, pues se trató más bien de algo inconsciente, algo natural, algo que nunca se propuso y sin embargo consiguió.
Fue un arma de doble filo, por así decirlo. Sufrí mucho en mi infancia por esta razón. Me encariñaba tanto con mis mascotas que, al fallecer éstas, no podía soportarlo, no podía, era demasiado doloroso. Fue a los 8 años, llena de rabia tras la pérdida de un gatito, que me prometí a mí misma nunca volver a encariñarme con una mascota.
Un año después llegó
Pipo.
Fue una linda sorpresa, algo inesperado. Mi mamá fue a recogerme a la escuela y en el camino me advirtió:
-Tu papá trajo a la casa un caballo.-¿Un caballo?- pregunté.
-Sí, un perro enorme, enormísimo, ¡parece un caballo!Cuando llegué casa me encontré con un hermoso y alegre perrito gris que no dejaba de jugar. Me hizo muy feliz. Era encantador, noble, diferente a todos los perros que había conocido. Tenía
algo. Pasaron los años rapidísimo y Pipo seguía con nosotros: con su cara de cachorro, su lealtad, y su gracioso caminar. Siempre hubo algo de solidaridad y apoyo en su presencia: regresar a casa después de un mal día y saber que estaba ahí.
Por desgracia, las cosas cambiaron de unas semanas para acá. Pipo dejó de comer. Dejó de caminar chistosísimo hasta la esquina para luego regresar a casa como si nada. Dejó de ladrarle a los transeúntes. Dejó de seguir a mi mamá a todos lados. Dejó de correr. Dejó de jugar. Dejó de ser feliz.
Regresaba de un viaje cuando mi mamá me habló por teléfono para avisarme que Pipo había vomitado sangre. Sabía que algo andaba muy mal.
Fui a visitarlo a la veterinaria hace un par de días con la esperanza de encontrarlo mejor. No fue así. En realidad, no estaba preparada para encontrar a un ser querido en un estado semejante. ¿Cómo podría? No se movía, sangraba, lloraba, su respiración era dolorosa y agitada. El “veterinario” resultó no ser tal, pues no sabía un carajo de medicina y no tenía las más remota idea de qué tenía Pipo. Mi papá enfureció, sacó al perro de la jaula, lo envolvió en una cobija, y me lo dio. Tenía en mis brazos el cuerpo esquelético y agonizante de mi mejor amigo.
Nos subimos al coche y fuimos en busca de una clínica para animales que nos acababan de recomendar. Podía sentir el dolor de mi perro, olía su sangre, y me sentía turbada por su ruidosa respiración. Finalmente llegamos a la clínica (una clínica de verdad) y lo internamos. Me encomendé a los dioses en los que no creo para que se recuperara.
Ayer fui a verlo y estaba mejor. Temblaba y estaba triste, pero ya no sangraba ni hacía ruido al respirar. Lo abracé y acaricié mil veces, le di de comer en la boca, lo besé, le dije cuánto lo quería, le pedí que le echara ganas, y le prometí que regresaría al otro día para verlo. Estaba segura de que se recuperaría, sabía que tomaría tiempo, sabía que no sería fácil, pero estaba segura.
Hoy mi papá me despertó en la mañana para avisarme que había fallecido. Me alivia saber que ya no sufre más, y que pude despedirme de él, pero no deja de ser doloroso. Me siento afortunada de haber tenido a una mascota como él, pero sobre todo, de haber tenido a un amigo como él.
Dicen que a mi edad no estamos seguros de nada. No sabemos nada. No tenemos idea de nada. Yo sí sé algo, estoy segura de ello, y ahora lo tengo más claro que nunca: hay promesas que no pueden cumplirse.

Te extraño,
Pipo.